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b'A mediados del siglo II a. C., la Rep\xfablica de Roma era la potencia dominante en el Mar Mediterr\xe1neo. Tras tres siglos de constantes luchas para sobrevivir en la Pen\xednsula It\xe1lica, Roma hab\xeda experimentado en apenas treinta a\xf1os (218 a. C. 190 a. C.) una espectacular expansi\xf3n territorial, fruto de su triple victoria alcanzada contra Cartago en la Segunda Guerra P\xfanica, Macedonia durante la Segunda Guerra Maced\xf3nica y el Imperio Sele\xfacida, potencia hegem\xf3nica de Asia Menor y Siria. Este nuevo escenario increment\xf3 significativamente las rivalidades entre las familias de la nobleza senatorial romana que codiciaban para sus miembros la mayor cantidad de magistraturas y mandos militares, ansiosos de poder, gloria y riquezas. El enfrentamiento llegar\xeda a su cl\xedmax hacia mediados del siglo II a. C. En 153 a. C. Roma estaba empe\xf1ada en la dif\xedcil conquista de las belicosas tribus de Lusitania y Celtiberia en Hispania y, tras los sucesivos fracasos de varios de sus mejores generales, en 137 a. C. un nuevo l\xedder, el c\xf3nsul Cayo Hostilio Mancino, fue enviado por el Senado romano a sojuzgar la irreductible ciudad de Numancia. Mancino, quien proven\xeda de una esclarecida familia noble, no era militar pero s\xed un esforzado servidor p\xfablico y asumi\xf3 el reto de conducir a las legiones romanas contra las levantiscas tribus celt\xedberas, ignorante que oscuros nubarrones de traici\xf3n y fracaso se alzaban sobre \xe9l. De Mancino dir\xeda el c\xe9lebre Plutarco que era un \xabvar\xf3n no vituperable\xbb.'