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b'Se hace dif\xedcil desarrollar un contenido relacionado con la Oratoria, en \xe9pocas donde ciento cuarenta caracteres parecen haberlo solucionado todo, cuando las personas prefieren aislarse en su mundo de auriculares y sistemas de audio digitales en los transportes p\xfablicos, pura y exclusivamente con el fin de ni siquiera saludar, empezar una conversaci\xf3n o vaya a saber qu\xe9 m\xe1gica ocurrencia del destino. La gente camina muda, ensimismada, se remite (con suerte) a meras manifestaciones no verbales, tales como inclinar la cabeza para decir s\xed, abrir grandes los ojos para demostrar cierta incredulidad; esto, claro est\xe1, no porque se propicie el silencio y el buen gusto de la comunicaci\xf3n no verbal, sino porque las personas prefieren no hablar. Una sociedad que se acostumbr\xf3 al silencio sublimado por el tipeo en un celular, la observaci\xf3n hacia la nada misma. Lo vemos en el supervisor que les indica a los empleados que no hablen entre ellos, que para eso est\xe1 la mensajer\xeda instant\xe1nea de la empresa y que, tras caminar un par de pasos, le recuerda a uno de ellos, que la semana entrante debe dar una demostraci\xf3n de producto para veinte compradores. Asistimos a lo inc\xf3modo que resulta si pretendemos hablar de manera inteligible y, por lo tanto, pronunciamos y modulamos como corresponde, frente a un grupo que nos califica de soberbios y locutores frustrados. Tambi\xe9n en la sorpresa que nos genera alguien que no es que grita sino que justamente ha decidido hacer aquello que los humanos antes tan bien hac\xedan y ahora parecen haber olvidado: hablar.'