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b'\xabMe declaro culpable, se\xf1or juez. Soy el autor intelectual y material de las dos muertes por las cuales se me acusa, y tambi\xe9n soy el autor de la muerte del joven An\xedbal Can-tor\xbb.\xabAntes de terminar de redondear la idea, me vino otra vez a la mente esa incertidumbre extra\xf1a que no me ha dejado vivir en paz. Esa desagradable sensaci\xf3n de sentir duendes camin\xe1ndome por el cerebro, de sentir gusanos chup\xe1ndo-seme los sesos. Ese interrogante sin respuesta que siempre ha estado presente, tortur\xe1ndome, burl\xe1ndose de m\xed. Desde muy ni\xf1o present\xed que algo en el mundo no estaba funcio-nando bien. Algo intangible que no pod\xeda describir, pero que estaba ah\xed, siempre al acecho, persigui\xe9ndome como una sombra invisible. Nadie me lo insinu\xf3. Solo s\xe9 que lo pod\xeda olfatear: en el ambiente contaminado, en la tristeza imper-ceptible de mi madre, en la sonrisa maligna del capataz, en las l\xe1grimas secretas de mi nana. En fin, en todo lo que me rodeaba. Desde muy ni\xf1o lo descubr\xed, y desde muy ni\xf1o co-menc\xe9 a escuchar ese eco invisible repiti\xe9ndome una y otra vez que mi abuelo era el culpable de todo. Por eso decid\xed ase-sinarlo\xbb.\xabMi m\xe9todo de asesinarlo cambi\xf3 por completo: ahora que-r\xeda hacerlo con el hacha; me lo imagin\xe9 encima del tronco, d\xe1ndole hachazos en cada una de sus articulaciones; darle con el mango en el pecho, en el abdomen, en el cuello, y por \xfaltimo en la cabeza. Deseaba ver sus miembros amontona-dos, vueltos nada. Me imagin\xe9 recogiendo su sangre en un balde transparente para verla burbujear, y luego rociarla en los pisos y paredes para envenenar a las plagas\xbb.'