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Corrían los primeros años del siglo XX cuando Antonio Llusiá comenzó a querer zafarse del destino que la vida le tenía preparado. Nació en Capellades, un pequeño pueblo del interior de la provincia de Barcelona, en torno al año 1885 (este dato no es muy fiable, pues los registros de entonces tampoco lo eran); enseguida, descubrió que aquella vida de sacrificio que imponía su entorno rural no era para él y a los 19 años emigró a Cuba. En La Habana encontró acomodo en compañía de un tío suyo establecido desde hacía varios años allí; pero la vida del emigrante nunca es fácil y tampoco colmó las expectativas de un Llusiá inquieto. No tardó mucho en regresar a Barcelona y emprender una vida que colmara sus ansias de aventura de un modo menos sacrificado. En 1911, apenas cumplidos los 25 años, es cuando se tiene la primera noticia de lo que sería una prolífica vida profesional basada en la estafa, el engaño y el robo. Un comerciante de Barcelona le denunció por cometer contra él una estafa de más de 11.000 pesetas que, en aquellos primeros años del siglo XX, se podía considerar como una pequeña fortuna. Llusiá la invirtió bien, viajó por numerosos