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b'Chicas, ah\xed viene el Lobo Feroz. Esta frase se pudo o\xedr en Madrid durante muchos a\xf1os, aunque bien poco ten\xeda que ver con el conocido cuento infantil. La escena, de hecho, estaba muy lejos de ser buc\xf3lica o id\xedlica: las chicas no eran caperucitas rojas ni llevaban una cesta a casa de sus abuelitas. Se trataba de meretrices que ejerc\xedan el oficio m\xe1s viejo del mundo en las calles del casco antiguo de Madrid. Corr\xedan los aciagos a\xf1os de la largu\xedsima posguerra espa\xf1ola y la prostituci\xf3n, a pesar de estar prohibida, se ejerc\xeda con cierta discreci\xf3n, siendo perseguida, en compensaci\xf3n, con cierta moderaci\xf3n, por no decir con absoluta laxitud. Dada la terrible situaci\xf3n econ\xf3mica, rayana muchas veces en la miseria e incluso en el puro hambre, la prostituci\xf3n era, a todas luces, un mal necesario y, en todo caso, algo de todo punto inevitable. Las mujeres de la vida, como se las sol\xeda llamar en aquel entonces, ejerc\xedan, fundamentalmente, en casas de tolerancia, como se denominaba finamente a los burdeles, aunque, naturalmente, tambi\xe9n trabajaban en ciertos locales nocturnos, hac\xedan servicios a domicilio y, con cierto disimulo, captaban clientes haciendo la calle. La polic\xeda, por lo general, hac\xeda la vista gorda, naturalmente a cambio de ciertos beneficios. Se trataba de un interminable tira y afloja, la ardua lucha contra la prostituci\xf3n, en la que destac\xf3, en el Madrid de los a\xf1os 50 y 60, el subcomisario C\xe1ndido Morales, m\xe1s conocido entre las prostitutas con el apelativo, m\xe1s cari\xf1oso que otra cosa, de El Lobo Feroz. Su coto de caza era el popular barrio de La Latina, del que conoc\xeda al dedillo cada calle, cada esquina, cada inmueble, cada tugurio, y, casi con pelos y se\xf1ales, por as\xed decirlo, a todas y cada una de las muchas mujeres que ejerc\xedan en su territorio.'