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b'\xbfQu\xe9 es el cerebro? \xbfPara qu\xe9 sirve? \xbfD\xf3nde podemos localizarlo, y reclamar, en su caso? \xbfPor qu\xe9 est\xe1 tan arrugado? \xbfHay diferenciasentre el cerebro de un hombre y el de una mujer, o entre el de un le\xf3n marino y el de un inspector de Hacienda, si a eso vamos? \xbfEst\xe1 el cerebro de un ni\xf1o programado para llorar a determinadas horas de la siesta, o el de un anciano para pagar solo con calderilla? \xbfHay alguna peculiaridad en los cerebros de Amancio Ortega o de Bel\xe9n Esteban? \xbfSon m\xe1s listos los chinos?Estas y otras fascinantes cuestiones tienen su asiento en El cerebro en dos patadas. Las respuestas no tanto, pero las preguntas tienen todas su asiento. Con un estilo \xe1gil y desenfadado, coloquial y desenvuelto, no exento de osad\xeda y descaro y tal vez algo de procacidad y desverg\xfcenza y continuas salidas de tono, el autor nos abre a un fascinante panorama donde son aclaradas todas las dudas que podr\xedamos albergar sobre el proceloso mundo del cerebro, al tiempo que nos sumerge en otras que no ten\xedamos o que cre\xedamos definitivamente resueltas, y no solo porque el autor se enrede al explicarsesino porque el cerebro es as\xed, misterioso como un gui\xf3n de Cuarto Milenio y complejo e intrincado como las instrucciones para montar un armario de IKEA. Para colmo, el autor emprende el m\xe1s dif\xedcil todav\xeda embutiendoel conocimiento de todo cuanto cabe preguntarse acerca del cerebro en el m\xednimo tama\xf1o y precio de un libro de bolsillo con hechuras m\xe1s propias de una gu\xeda de visita del Palacio Real que de un exhaustivo y minucioso manual, como lo es \xe9ste. No se preocupe si al final del libro sale con m\xe1s preguntas que respuestas y con la impresi\xf3n de no haberse enterado de nada. Eso le pasaba al mism\xedsimo Cajal, o a Punset, porque el mundo del cerebro se las pela, pero lo disimulaban bien y cuando les entrevistaban pon\xedan cara de tenerlo todo controlado. Haga usted lo mismo. Piense que al menos solo ha gastado dos tardes. Otros han empleado el verano entero en tochos m\xe1s gordos para acabar concluyendo lo mismo, esto es, que el mundo del cerebro es proceloso de cojones.'