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b'Hay libros que se profanan, como el Cristo Barroco que no busca consuelo en la forma, en su cuerpo de ep\xedgrafes que sangran sobre el poema siguiente, en el collage donde el Verbo se hace carne entre el ruido de una ciudad en ne\xf3n y el eco de los muertos que la habitan. Gottfried Benn, Enrique Lihn, Roland Barthes, los Beach Boys, el Apocalipsis de Juan, todos entran a esta liturgia sin pedir permiso, porque escribir, para Rojas Pachas, "es vivir epigrafiando" y epigrafiar, aqu\xed, es una forma de fe. El Cristo Barroco, en su prosa po\xe9tica, avanza por as\xedndeton, por corte, por collage, siguiendo, como bien se cita a Barthes, "el as\xedndeton y el anacoluto, figuras de la interrupci\xf3n" y en ese quiebre constante encuentra su forma m\xe1s honesta, la de un lenguaje que no puede, ni quiere, ser lineal frente a un mundo que tampoco lo es. Cristo Barroco no ofrece consuelo ni conclusiones, ofrece la crueldad innecesaria de la que hablaba Lihn a prop\xf3sito de otro cristo barroco, de una belleza que no disimula su violencia. Es un libro para lectores dispuestos a habitar el fragmento, a dejarse atravesar por la cita ajena convertida en voz propia, y a sostener, sin resolverla, la pregunta que recorre sus p\xe1ginas: \xbfd\xf3nde est\xe1 la carne?\n-Erwin Lim\xf3n'
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