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b'En las Cartas a Nora Barnacle corpus que se debe a su mejor bi\xf3grafo, Richard Ellmann, fechadas en distintos tiempos en su mayor parte de 1904 y 1909, las hay tambi\xe9n del 11 y 20, en Dubl\xedn, Trieste, Londres, lugares de la errancia de Joyce, o\xedmos entre idas y vueltas la voz de un escritor que no fue precisamente un cortesano (en la acepci\xf3n moderna del t\xe9rmino), una de esas excepciones que pasan una vez por siglo como un meteoro, dirigirse a la casi iletrada irlandesa de Galway que apenas si lo ley\xf3 literariamente. En todos los casos se trata de convocar, exhortar, suscitar algo en ese cuerpo que lo fascina desde su lejan\xeda, escribirlas es un acto siempre recomenzado, el mismo Joyce lo explica en texto: Hay algo obsceno y lascivo en el propio aspecto de las cartas. Su sonido es tambi\xe9n como el propio acto: breve, brutal, irresistible y diab\xf3lico. La analog\xeda entre carta y acto sexual es en \xe9l un modo de rodear cierto imposible, y cada vez que cae en la tentaci\xf3n de suprimir toda distancia llega a la desesperaci\xf3n. [...] La sensibilidad y sensualidad cat\xf3lica de Joyce est\xe1n en la brasa ardiente de estas cartas; \xe9l, que como bien se ha dicho, ten\xeda a la teolog\xeda como materia principal de sus pensamientos, al dirigirse a ella, piensa que todo puede ser dicho, incluso que no hay todo, ni el deseo ni el dolor se reprimen en tanto cosas despreciables como sucede en el puritanismo, encuentran un acento viril en este solista de las mil voces.'